#MiSaga | La ayahuasca no es para todos

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Saga de José Vaca
Arte: @sara_delbosque

Peguche, Imbabura. Media noche. Acostado en una estera a la intemperie. No he comido en todo el día. Doce extraños rotos, un shamán vestido de civil, y yo, formamos un círculo alrededor de una fogata. El fuego suple la luz más no el frio. Hace veinte minutos tomé un amargo y espeso shot de Ayahuasca, bebida ancestral hecha a partir de la decocción de la planta homónima y de otra llamada “chacruna”, la cual contiene el alucinógeno DMT.

Conocida también como “huasca”, “yagé”, o “daime”, la ayahuasca es considerada por muchos como una medicina curativa y hasta milagrosa. “Aya“ significa liana y “huasca”, muerto. Su ingesta, dicen, es lanzarse en la liana al inframundo del inconsciente. Para no ser reconocidos por los espíritus, dizque, nos pintan la cara con acuarelas y nos pegan tatuajes temporales. Fijo la mirada en el cielo pero no consigo despegar más allá de las pareidolias en las nubes. “Afina, afina el pensamiento, cura cura la medicina”, cantan, tocan la guitarra, el tambor, la sonaja. Aparte del ayuno, los organizadores me pidieron dejar las pastillas para dormir, la carne y el sexo unos días antes, además de evitar el uso de prendas rojas o negras en la ceremonia. Me advirtieron también que la Ayahuasca purgaría el cuerpo; pasados veinte minutos de la ingesta, uno a uno, los participantes abandonan el retazo de césped donde estamos asentados y van ya sea al baño o a las esquinas del patio, con diarrea o vómito, respectivamente. Usan el eufemismo “aliviar”.

Me aferro a unos kleenex, una botella de agua y espero mi turno. Nada. Ante mi inmunidad, el shamán me ofrece un refill. Caminamos hacia el improvisado altar de mantel blanco y velas, agarra la botella desnuda de Coca-Cola rellenada con el brebaje, sirve en un vaso y susurra un mantra. De paso, me escupe alcohol puro en todo el cuerpo y me pasa un abanico de hojas secas. La madrugada pasa en un mutismo colectivo, un aburrimiento tortuoso. Los demás meditan con los ojos abiertos y luego, se duermen hasta los ronquidos. El único despierto deambulando soy yo, el que vino por su insomnio.

De repente, me entran arcadas pero no llego a vomitar. Incesantes e intensas. “Estoy intoxicado”, reclamo – “Tranquilo, es la “abuela” (Ayahuasca) actuando, declara el shamán “Trata de respirar y ser como el agua del rio, que aunque choque contra piedras, no cambia su rumbo”. “Llamen al 911”, respondo. Las nauseas son exageradas, pero aquí todo es al revés y no las tratan como un síntoma sino como diagnóstico “Traspasa la molestia y siente que te quiere decir la Aya”, interviene un chico que exhibe orgulloso un collar de quemaduras hechas con el veneno de una rana Kambó a las que también se le infiere propiedades sanadoras.

¡Esto no decía su anuncio de Facebook! reclamo. Empiezo a concentrarme en la respiración, inhalar, exhalar, llevar el aire hasta el estómago. Es tal el malestar, que todo deja de importarme, pauso los pensamientos, como atajo a una meditación profunda, desplazo el ego y sus demandas y me hago uno con el dolor. Cierro los ojos. Un gallo desfasado canta, un perro aúlla, y a mi me provoca gritar. Entran los destellos de sol de la madrugada a la modesta casa de bloque en uno de cuyos sillones amanecí. Todos, excepto yo, alegan haber tenido epifanías, visitado su pasado o futuro, haber perdonado y perdonarse. Estar curados. Agradecen a la Pacha Mama y abrazan a quienes hasta hace unas hora eran desconocidos. Ahora se llaman familia.

Dicha la despedida, una de las organizadoras, saca un mazo de tarot de Osho para leerlo en lo que llega el transporte. Sin planearlo, empiezo a reconocer figuras que sobresalen de las cartas como impresiones lenticulares, como 3D. A este fenómeno le llaman “pintar” (alucinar) y claro, estaba planificado para que sucediera en la noche y la madrugada pero así de rebelde es mi psiquis. Alcancé a “pintar” la figura de un caballo galopando, un ovni sobre los tapices de las montañas y a Jesucristo en la cruz con rostros distintos. Sigo sin poder dormir.

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