13 Reasons Why, reseña segunda temporada

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La popular serie original de Netflix, “Thirteen Reasons Why”, vuelve con más cotidianidades fuertes, crueles y violentas en su segunda temporada.

 

 

Thirteen Reasons Why (Por 13 razones) es una serie estadounidense que se basa en la novela de Jay Asher. La historia de la primera temporada se centra en una estudiante de secundaria (Hannah Baker) que se suicida y deja cintas de casete grabadas por ella, donde describe las razones por las que terminó con su vida.

La serie, tras enfrentarse a críticas por la sensibilidad de su contenido en la primera temporada por dirigirse tan explícitamente a la temática de violación, acoso y suicidio, en esta segunda temporada profundiza en estos temas y levanta voces sobre otro muy importante para la realidad de Estados Unidos.

A pesar de las alarmas en contra de la serie acusada de vanagloriar el suicidio, Netflix publicó 13 nuevos capítulos. Aquí algunas de las escenas que más me han impresionado en esta temporada (spoilers).

  • Evidencia de abusos. Fotografías del principal acusado de violación (Bryce), semidesnudo, abalanzándose sobre una chica inconsciente (quien resulta ser su novia Chloe).
  • Justin (ex novio de Jessica) en abstinencia. Justin inyectándose heroína. Justin defendiéndose de niño. Justin y Bryce de niños. Justin y su madre drogada.
  • Abuso físico. Cuando golpean a Clay en el piso, entre varias personas. Puñetes, patazos desmedidos.
  • Abuso sexual. Cuando recuerdan las violaciones de Hannah y Jessica.
  • Sentencias mínimas a los perpetradores y absolución a una escuela que, mientras estaba en juicio por tener responsabilidad en el suicidio de Hannah Baker, en su escuela seguía el acoso, las amenazas y la inseguridad de poder denunciar.
  • Y la escena más fuerte y gráfica que se sitúa en el baño de hombres de Liberty High. Cuando acorralan a Tyler (fotógrafo), golpean su cabeza contra el espejo, contra el lavabo, sumergen su rostro en el escusado y después lo penetran analmente con el palo de un trapeador. Violación sexual con un objeto.
    Ira. Impotencia. Realidad.

La escena del baño fue el último empujón a un predecible desenlace, el cual se venía anunciando desde el final de la primera temporada. La narrativa de Tyler en esta segunda entrega se centra en explicar el desarrollo de su personaje mediante vivencias de acoso, maltrato, aislamiento, humillación y, finalmente, violación. Una violación que impacta tanto, que reduce el asombro sobre su decisión de armarse para tirotear a sus compañeros en el baile de la escuela. A esto hay que sumarle la irresponsable actitud “heroica” de Clay al intentar detener a una persona armada con el objetivo de matar. No es el mensaje indicado a promulgar dada la concurrencia de estos hechos en la vida real de las aulas de los Estados Unidos. [/vc_column_text][vc_column_text]En términos generales, sentí a la serie desconectarse de la línea general de la primera temporada. El rol innecesario de un personaje misterioso (Montgomery) que amenaza a todos los que van a testificar con recursos muy a lo “Pretty Little Liars”  convirtió a esta serie en un pobre thriller de adolescentes en el que el fantasma de su personaje principal no termina de cumplir con su función, ya sea la de recordar a Hannah Baker (que ya se hace en los testimonios) o interpretar el tormento de la mente de Clay Jensen. El suspenso del contenido de los casetes no fue exitosamente reemplazado por cartas de amenaza ni la misteriosa procedencia de las fotos polaroid (otro intento de un recurso anacrónico). A pesar de que trae temas importantes a la mesa para abrir diálogos necesarios, esta temporada se siente menos “honesta” en cuanto a qué tipo de objetivo tiene con su producción: la de crear conciencia o dejar finales abiertos para enfocarse más en el “show”.

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